Mostrando entradas con la etiqueta 1B. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 1B. Mostrar todas las entradas

jueves, 1 de marzo de 2012

De lo visible a la invisble


A veces pienso en mi rol como formadora de profesores en al ámbito de incorporación de las TIC en educación, principalmente lo he hecho en educación superior, y en algunos casos para básica y media.

Cuando realizo formación docente estoy pensando, qué quieren saber los docentes y para qué les va a servir. Qué pide de mí la institución y cómo puedo llegar a mediar esas dos demandas. No es una tarea fácil y creo que en ocasiones me ha resultado complejo llegar al punto donde gana la institución y gana el docente.

Lo que quiero exponer en esta publicación, mucho más desde mi voz que retomando a autores es la existencia de una relación entre la postura de evaluación de los docentes de una institución y sus políticas, programas o lineamientos de formación docente, y como es clave para lograr impacto institucional.

Perspectiva de evaluación docente 

Los docentes son parte importante de una comunidad educativa, no digamos parte central, porque el docente como centro de la enseñanza no es más que una vieja teoría, pero sí son actores relevantes de un proceso de enseñanza y de aprendizaje, además de ellos están los estudiantes, a quienes se ha buscado volcar como el centro del proceso, y el resto de comunidad directivos, administrativos, familia, etc. Todos estos miembros de la comunidad educativa construyen en relación la cultura institucional, y a través de sus acciones se encargan de darle continuidad, mantenerla o modificarla. La cultura no es pues, aunque a veces parezca, algo impuesto por una institución, sino que es algo que se va construyendo.

Ahora bien, algunos elementos de esa cultura institucional son movilizados desde las políticas establecidas, es decir, a la luz de ellas se pueden generar ciertos tipos de relación, ciertas costumbres, ciertas actividades, sin embargo, no son determinantes únicos para generar las actuaciones de la comunidad educativa, es decir, las políticas no se traducen automáticamente en acciones sino que puede generar ciertos tipos de mediación y establecer ciertos contextos.

Así, las políticas de evaluación docente en una institución de educación superior enmarcan algunos escenarios de actuación de los docentes, también de los directivos e incluso de los estudiantes. Vale aclarar que existe instituciones con poca o ninguna claridad acerca de su política de evaluación y esto que no está dicho es también diciente en cuanto al sentido que se le otorga a este proceso.

En ese sentido, veo que la evaluación puede tener estas tres finalidades, es decir, estos sería el espíritu de la evaluación planteada, y de acuerdo se establecerían unas u otras formas de relación al respecto. Es posible que haya una institución en donde se integren los puntos dos y tres.

  1. Cumplir un requisito
La evaluación por cumplir un requisito sería la evaluación en la que realmente no hay interés por evaluar, en el sentido de recoger información que permita la posterior toma de decisiones o la valoración de estado actual de un proceso; realmente, desde esta postura lo que se buscaría al establecer la evaluación de los docentes es cumplir exigencias a nivel interno o externo (en ámbitos locales, nacionales, internacionales). La recogida de información en este caso, no servirá más que para eso, para cumplir un requisito de procedimiento y en esa caso posiblemente no haya una retroalimentación al docente, y en caso de haberla no se busca nada más que informar.

  1. Para la mejora

La evaluación para la mejora implica usualmente procesos de evaluación que se sostienen en el tiempo y que buscan que haya una retroalimentación que le permita identificar elementos fuertes y a fortalecer para hacer mejor su práctica en el marco de las necesidades institucionales. Esta no es una evaluación para que la institución decida sí o no darle continuidad laboral al docente, sino más bien para encontrar con el docente los elementos que requieren ser dinamizados. Este tipo de evaluación redunda en el mejoramiento institucional porque a través de la modificación de las prácticas y de descubrir los elementos que las mantienen se pueden descubrir situaciones que requieran cambio o al contrario refuerzo. Es una evaluación que además de cumplir el requisito se ve como un beneficio institucional.

  1. Para premiar/castigar

Este tipo de evaluación esta pensada para la toma de decisiones frente a los docentes, estas decisiones pueden estar relacionadas con salarios, bonificaciones, asensos, despidos, entre otras. Esta podría ser una evaluación continuada que concluya en la toma de ciertas decisiones pero es usual que desde esta lógica la evaluación se haga en un momento determinado y a veces contempla ciertos períodos. El semestre, el año en curso, entre otras. Lo usual es que este tipo de evaluación se asuma como un producto y un resultado más que como un momento, y esta buscando establecer si se es “bueno” o “malo” para obtener, de acuerdo a ello, el premio o el castigo. Es posible que una institución que asume esta forma de evaluación docente considere que esos premios/castigos repercuten en la mejora de la institución en general.

En cualquier caso, y sin determinar cuál es la concepción de ideal en evaluación, aunque creyendo que quizá un combinado entre el segundo y el tercero podría ser interesante, sea cual sea la lógica de la evaluación, existen algunos elementos que se pueden tomar como sugerencias para realizar buenas prácticas en evaluación y en este caso, en evaluación docente:

  • Se debe clarificar para qué se evalúa y esto debe hacerse explícito a quien será evaluado.
  • Establecer qué actuaciones, situaciones, productos serán evaluados
  • Definir quienes serán los evaluadores y cuáles serán las actividades de estos
  • Determinar criterios e indicadores de evaluación y dárselos a conocer a los evaluados
  • Utilizar estrategias y técnicas coherentes con los anteriores elemento

Formación docente 

Sin que tenga que encontrarse explícitamente presentado en la documentación de la institución o al interior de sus políticas, es posible pensar que la formación docente tiene una relación con la evaluación docente; la formación podría entrar a subsanar aquellos puntos débiles que se hayan encontrado, al menos desde una perspectiva de mejora; o, desde una perspectiva de premio/castigo la formación, curiosamente, podría ser, cualquiera de esos dos. Es decir, ciertas estrategias de formación podrían ser tomadas por la institución y por los docentes como premios, y algunas también podrían tomarse como castigo, de acuerdo a las temáticas de interés, la forma en que se gestione y lo que esta formación les implique.

Existen diferentes posturas frente a la formación docente, pero para esta publicación tomaré dos tendencias, una será la formación instrumental y la otra, la formación interpretativa y crítica. Cada una de estas posturas de formación supone posturas diferentes acerca de lo que es la educación y en ese marco entiende el rol del docente de una manera particular, y en función de ella hace la formación.

  1. Perspectiva instrumental

Básicamente es una postura que se centra en la idea de que los profesores necesitan formación en técnicas para poder llevar a cabo sus actividades de aula; concibe al docente como un habitante de las aulas y no de las instituciones educativas, espera que el docente cumpla sus funciones de formador según se le instruye y que los estudiantes terminen obteniendo buenos resultados académicos a partir de esto. El profesor no es un agente de la institución y en ese sentido se debe encausar a su espacio -el aula- y realizar allí “buenas” acciones que favorezcan el aprendizaje de los estudiantes para logren los resultados.

A la luz de esta perspectiva, la formación les entrega las estrategias y técnicas a los profesores para que las repliquen, en muchas ocasiones tales prácticas sugeridas son producto de procesos investigación de otros contextos, o son la repetición de prácticas exitosas desde la lógica de que pueden ser universalizables y que desde dónde se apliquen generarán buenos resultados. Es usual que la formación no pretenda cambiar esa posición de desconocimiento del docente, ni darle capacidad de agencia, sino más bien, perpetúa su lugar.

  1. Perspectiva interpretativa, crítica

En términos muy generales, esta perspectiva le da al docente un rol activo no solo en el proceso de enseñanza en el que está inscrito en el aula, sino en la construcción de la institución y en el desarrollo de la misma. El docente no es visto como un habitante del aula sino como un gestor y generador de la escuela, su capacidad de agente implica que se le va a coresponsabilizar no solo a las tareas del aula, que además se supone deben estar en constante mejora gracias a su capacidad permanente, sino que también se le incluye como gestor de otros escenarios y otro tipo de prácticas que le dan un poder de cierto modo político con el que puede transformar.

Desde esta perspectiva, casi en contraposición de la anterior, los docentes tienen voz y la formación busca construir a partir de ella, logrando que salgan del espacio del aula para apoyar la transformación y construcción de toda la institución. Se espera, construir o encontrar herramientas y estrategias que sean pertinentes al contexto y al momento, que no sólo se encaminarán al éxito académico de los estudiantes, como medida del éxito, sino que incluirán otros elementos de la comunidad educativa. 


Relación entre la formación y la evaluación docente

Estos dos elementos, formación y evaluación docente, y sus perspectivas ponen de manifiesto como existe en todos los procesos de una institución de educación una filosofía o una serie de subyacentes que generan unas ciertas políticas y a partir de ellas, unas ciertas prácticas. Como lo mencioné antes, no son determinantes unas de las otras pero las prácticas promovidas y lideradas desde la institución evidencian sus subyacentes y en cierta forma, buscan mantenerlos.

Así, lo que pueden llegar a considerarse buenas prácticas de los procesos de evaluación y de formación responden a lo que en realidad se espera de esos procesos, a la forma en que se conciban y para lo que se quieran hacer.

Es en cierta forma es una relación entre lo visible y lo invisible, las prácticas como el lado visible y lo que subyace a las intenciones institucionales como el invisible, esta relación se podría dar como un continuo con coherencia, en la que las políticas concuerden con las prácticas y se transformen recursivamente o como una relación discontinua, con saltos. Este marco de análisis permitiría dar vía al mejoramiento de una institución educativa ya que, desde estos dos elementos, es puede interpretar, construir y reconstruir el acento del rol docente y con ello de su evaluación y formación.

miércoles, 1 de febrero de 2012

¿La evaluación invisible?

En ocasiones la evaluación se vive como un momento en el cual eres catalogado por un experto. Un experto que tiene el derecho para legitimarte pero que en muchas ocasiones no se legitima a través de un proceso constructivo y diálogico, no se legitima en relación al otro.

¿La evaluación invisible?
Si como lo afirma Sancho (2010)  las tecnologías más peligrosas son aquellas que se vuelven invisibles porque al normalizarse dejan de ser reflexionadas, las tecnologías o formas de hacer evaluación educativa llevan consigo grandes peligros. Como docente me ha sucedido alguna vez que he omitido este valioso proceso de intercambio con los estudiantes, como si mi criterio fuera suficiente para decidir, y como si la evaluación no estuviera ligada al transcurrir de ellos -los protagonistas del aprendizaje-. Como estudiante he sentido desesperanza en algunos contextos donde sospecho que la evaluación no pasará de ser un número que aportará o no a mi currículo pero que nada tiene que ver con mi real aprendizaje, que ni me influye, ni me incluye. Ahora considero que ambas experiencias, la de docente y la de estudiante, han sucedido porque en esos momentos,  la evaluación -no así la calificación- no ha sido relevante, ni interesante, ni chocante, ha pasado a ser invisible.

Ahora, pasando al marco de una educación por competencias, entendidas como “hace referencia a una formación integral del ciudadano, por medio de nuevos enfoques, como el aprendizaje significativo, en diversas áreas: cognoscitiva (saber), psicomotora (saber hacer, aptitudes), afectiva (saber ser, actitudes y valores)” (Beneitone, 2007; 34) complementado con la visión de Cobo (2010), esto es, competencias como como una combinación de atributos relacionados con el conocimiento y sus aplicaciones y los grados de suficiencia que se desarrollan para su aplicación, el tema de la evaluación como una forma de retroalimentación para llegar a los niveles o grados de dominio deseados -por el aprendiz y el docente- requiere hacerse visible -importante, resonante, significativa-. En esta lógica que subyace la educación por competencias según la cual estas tienen que ver con habilidades para el hacer, pero también para el pensar y el ser, es decir con la persona de modo integral y no sólo con su capacidad de conocer o saber (Delgado, 2005; Beneitone, 2007), y con lo que conlleva a la hora de proponer procesos de concientización, reflexión y metacognición en el aprendizaje, la evaluación como retroalimentación sería una dimensión de la enseñanza y sobre todo del aprendizaje y no, una consencuencia de ello; y en ese sentido, la evaluación como retroalimentación es un transcurrir y no un llegar, ni un deternerse.

Desde mi punto de vista, una idea clave y una ganancia de la perspectiva de educación por competencias es restar un poco del peso que se le da a los conocimientos y hacer evidente el valor que tienen el pensar, el ser y el reflexionar; esto es para mí de cierto modo poner de manifiesto que es la persona y la vida en contexto lo que realmente importa, es decir, que la educación es mucho más que certificaciones y categorízaciones. Por ello, de los estudios que se hacen para establecer competencias transversales y para definir no solo las acádemicas sino aquellas importantes para la vida -estudios que me parecen un riesgo por su utilización como verdades supremas y universalizables- resalto dos: aprender a aprender y capacidad de aprender a lo largo de la vida; sin embargo, así como me parecen de relevantes, me parecen de complejas a la hora de integrarlas en un sistema educativo y de evaluarlas en un contexto institucionalizado ya sea colegio, centro educativo, universidad; su transversalidad y la sensación de “indispensables” para la vida deja al descubierto su complejidad que es tanto conceptual -cómo se entienden- como metodológica -cómo se desarrollan-.

¿Cómo sé cuando alguien aprendió a aprender? ¿Cómo sé cuándo su concepción es la de aprender a lo largo de la vida? ¿Y como sé que no solo tiene la concepción sino que estará en capacidad de hacerlo en su vida? Cómo valorarlo justamente dentro de entornos institucionalizados que marcan tiempos, cronogramas y metas que en muchas ocasiones por sus propias lógicas subyacentes son contrarias a dicho par de competencias. ¿Cómo se logra eso y además que aprendan los contenidos que les permitirán presentar las pruebas estandarizadas con las que serán valorados, no en el entorno real sino en el académico?

El reto me parece enorme y con muchas aristas,  sin embargo encuentro algunas pistas en uno de los elementos planteados en el diseño por competencias y es la definición de criterios y desempeños a través de los cuales se construye el contexto en el cual se determinarán las guías de ruta, los avances, es decir se define un norte -o varios- que permitan suponer cuándo, cuánto, cómo se acerca un estudiante al desarrollo de una determinada competencia, y le da al docente un margen de actuación para el valioso proceso de retroalimentación. Retroalimenta en la medida en que busca provocar y propiciar el desarrollo de las competencias en sus estudiantes. Estos criterios están “entendidos en términos de resultados de aprendizaje (evidencias), establecen las condiciones para inferir el desempeño; ambos elementos (criterios y evidencias) son la base para evaluar y determinar si se ha alcanzado el dominio de la competencia.” (De Pons, 2010; 10)

En este sentido, si las competencias son complejos de atributos multidimensionados, educar con base en competencias no será transferir contenidos y evaluar en un sistema basado en competencias no puede quedarse solo con en la dimensión del contenido, evaluar en un sistema basado en competencias requerirá trabajar junto con los aprendices en las múltiples dimensiones de logro y desempeño que propone la competencia, y generar retroalimentaciones a través de las cuales se abran vías para avanzar en los logros e identificar el proceso. Establecer las evaluación de este modo supone que haya una previa definición de los criterios de desempeño que serán considerados relevantes y significatovs, estos criterioes incluso se pueden definir en conjunto con los estudiantes -lo que no es posible en todos los casos- o por lo menos, se les deben dar a conocer previamente (Barberá, 2006).

De otro lado y complementando la importancia de la coherencia en la evaluación, es pertinente considerar que la naturaleza de las actividades de evaluación influye sobre las formas de aprender que desarrollan los alumnos (Dochy, 2002), es decir, que si la evaluación tiende a solicitar reproducción de contenidos por más que el proceso formativo haya estado orientado por otro tipo de dinámicas es probable que en el futuro los estudiantes se orienten únicamente por las tareas que les permitirán aprobar la evaluación.Y es que, nada más complejo de subsanar que la incredulidad que produce en los estudiantes el desarrollar procesos de formación novedosos y generadores de autonomía y pensamiento crítico y luego, evaluar a través de la memoria y la repetición. Como bien lo afirma Dochy (2002) “...la innovación educacional se esfumará cuando la evaluación no sea congruente con la enseñanza”, es decir, no se puede sostener la transformación educativa cuando solo unas de sus dimensiones (prácticas de enseñanza, por ejemplo) se modifican y el resto siguen tal como antes, así en la línea con la que inicié el reto no es sólo hacer visible la evaluación, si no también sus implicaciones con otras tareas y estructuras propias de los sistemas educativos que al estar tan arraigadas en las costumbres dejan de movilizarse con el peso de las críticas como si tuvieran un lugar inamovible ganado no por su eficacia sino por su “persistencia” en el tiempo.

Para cerrar, una aclaración final. Antes mencioné un par de competencias que considero pueden ser las más relevantes a desarrollar por la educación -entendiendo que la educación es mucho más de lo que pasa en las escuelas e instituciones formales-, también mencioné que es un reto establecer estos decálogos de competencias para la vida, esos listados realizados con diferentes propósitos y a la luz de distintas perspectivas que pretenden encasillar en unas cuantas palabras aquello que todos (los latinoamericas, los europeos, los profesionales, y así muchas categorías) debemos llegar a ser, saber, pensar, hacer... las que mencioné son solo un par de las que en este momento considero valiosas pero que pueden tener tanto debate como construcciones conceptuales se hagan de ellas, y como sujetos contextualizados seamos.


Referencias


Barberà, Elena; Bautista, Guillermo; Espasa, Anna; Guasch, Teresa (2006). «Portfolio electrónico: desarrollo de competencias profesionales en la Red». En: Antoni BADIA (coord.). Enseñanza y aprendizaje con TIC en la educación superior [monográfico en línea]. Revista de Universidad y Sociedad del Conocimiento (RUSC). Vol. 3, n.° 2. UOC. [Fecha de consulta: 28/01/2012]. <http://www.uoc.edu/rusc/3/2/dt/esp/barbera_bautista_espasa_guasch.pdf>


Un resumen de algunas ideas clave de este artículo en: http://prezi.com/4ank5llwdi5a/resumen-articulo-nuevas-vias-de-aprendizaje-y-ensenanza-y-sus-consecuencias-una-nueva-de-evaluacion/

Beneitone, P. Esquetini, C. González, J. (et al) (2007) Reflexiones y perspectivas de educación superior en América Latina. Informe final -Proyecto Tuning- América Latina  [Fecha de consulta: 28/01/2012]
<http://tuning.unideusto.org/tuningal/index.php?option=com_docman&Itemid=191&task=view_category&catid=22&order=dmdate_published&ascdesc=DESC>

Cobo, C (2010)  «Nuevos alfabetismos, viejos problemas: el mundo del trabajo y las asignaturas pendientes de la educación» En: Revista Razón y Palabra n.º 73 [Fecha de consulta: 29/01/2012]   <http://razonypalabra.org.mx/N/N73/MonotematicoN73/03-M73Cobo.pdf>

De Pablos, Juan (2010). «Universidad y sociedad del conocimiento. Las competencias informacionales y digitales». En: «Competencias informacionales y digitales en educación superior» [monográfico en línea]. Revista de Universidad y Sociedad del Conocimiento (RUSC). Vol. 7, n.º 2. UOC. [Fecha de consulta: 28/01/2012].  <http://rusc.uoc.edu/ojs/index.php/rusc/article/view/v7n2-de-pablos/v7n2-de-pablos>

Delgado, A (Coord.) (2005). Capítulo  2. Competencias y diseño de la evaluación continua y final en el espacio europeo de educación superior. Madrid: Dirección General de Universidades.  [Fecha de consulta: 28/01/2012] <http://campus.usal.es/~ofeees/ARTICULOS/competencias_evaluacion_eees_mec.pdf>

Dochy, F; Segers, M; Dierick, S. (2002)  «Nuevas vías de aprendizaje y enseñanza y sus consecuencias: una nueva era de evaluación» En:  Boletín de la Red Estatal de Docencia Universitaria.

Sancho, J (2009) La tecnología educativa en un mundo tecnologízado. En Tecnología educativa: La formación del profesorado en la era de internet. Madrid:  Aljibe.