Estamos un entorno socialmente
convulsionado en el que se cuestiona tanto el papel como la calidad
de la educación. Los cuestionamientos a la educación asumen
diversas perspectivas, van desde la reflexión por sus contenidos
hasta el manejo de su financiación, pasan por los medios que se
utilizan en ella y también por los mensajes implícitos de su
gestión administrativa. Hay inquietud por la mala formación de los
alumnos y también por la mala calidad de los docentes; y entre unos
y otros se juegan la “culpa” de la situación.
Se pone en duda el papel de la
educación y también su calidad, se lucha por su cobertura. Que
todos tengan educación gratuita... ¿aunque sea la que se ofrece hoy
en día?
Dos elementos frente a la evaluación:
el evaluador y una (de tantas) razón para evaluar
El evaluador
Hay un principio de la cibernética de
segundo órden que me atrajo mucho cuando lo conocí en el contexto
de la terapia sistémica y es que lo que alguien dice de
algo/alguien dice más del observador que de lo observado.
Saliendo del contexto de la terapia y pasando a los entornos
educativos, he encontrado que este principio ofrece una posibilibad
de comprensión de sentido de las relaciones que se establecen en
diversos ámbitos, entre ellos el de la evaluación educativa.
El producto de una evaluación
educativa -en sus distintas formas- esta dicho por alguien o por un
grupo, y responde a unos propósitos de evaluación que no pueden
considerarse ni neutros ni universales. El proceso de la evaluación
esta tramado por la realidad de los actores educativos, por las
perspectivas personales y profesionales de los evaluadores y por los
propósitos e intereses de quien demanda la evaluación. Hay allí un
juego de relaciones de las cuales el evaluador no se puede sentir
independiente pues, más grave que actuar con sesgos y prejuicios es
no estar en capacidad de reconocer que estos se tienen.
Biológicamente tenemos un punto ciego, socialmente tenemos muchos
más.
Dicen que se ven mejor los toros detrás
de la barrera; un evaluador externo podrá ver lo que no ven los
actores educativos, por ello debe atender bien a los propósitos de
su evaluación para lograr aportar en vez de generar juicios y
categorizaciones. Si la evaluación no aporta a los actores
educativos, no sirve.
Una (de tantas) razones para evaluar
Santos (2010) indica que el evaluar no
es algo positivo en sí mismo, además de que se necesita poner sobre
la mesa cuál es la concepción de evaluación en un contexto y
momento determinado, se requiere claridad para entender cómo la
evaluación ayudará en la toma decisiones para la mejora. Evaluar
por evaluar conlleva gastos más que inversiones. Teniendo en cuenta
lo anterior, entiendo la evaluación educativa como una oportunidad
para reflexionar, para aprender y para mejorar, pero esto no va a
suceder mientras la evaluación se realice únicamente por cumplir
criterios exigidos por los sistemas de acreditación de calidad, en
el caso de Colombia, criterios a los que las instituciones no les
encuentran sentido más allá de sostener una acreditación que les
permita funcionar.
Santos (2010) menciona que una de las
razones por las cuales es pertinente realizar evaluaciones
institucionales de la Universidad es el principio de
colegiabilidad, que esta relacionado con la fragmentación que
viven los estudiantes en formación, quienes participan de muchas
asignaturas en procesos de aprendizaje aislados y que pretenden luego
ser el sustento para certificar la formación profesional. Esta
formación a través de la áreas compartimentalizadas de
conocimiento podría implicar fallas en la formación
profesional que una buena evaluación institucional puede detectar
para ofrecer acciones de apoyo al respecto.
Si nadie se hace cargo de las
interelaciones entre unos y otros momentos, entre unas y otras
construcciones de conocimiento, cómo se garantiza la calidad de ese
profesional... y si hablamos en términos globales de competencias,
¿quién responde por su ser, su hacer y su pensar?
Por ello, un proceso de evaluación que
mira los diferentes elementos y actores de modo disgregado esta
hablando de quien la realiza y de sus concepciones al respecto, de su
forma de comprender la evaluación y de ser responsable de ella. El
evaluador, así como el profesor, así como el estudiante y el resto
de actores educativos requiere asumir una responsabilidad de conjunto
que trascienda el resultado de un informe.
Evaluar la universidad -y el resto de
instituciones educativas- es hacerse responsable del papel de la
educación en la sociedad. No se puede ser solo un productor de
profesionales... eso pierde legitimidad cuando lo que se necesitan
son actores sociales preparados para trasnsformar nuestras sociedades
y no para reproducirlas.
Un par de artículos al respecto
Referencia
Santos Guerra, Miguel Ángel (2010)
Por qué y para qué la evaluación en la educación superior.
Evaluación y calidad en la educación superior. Universidad de
Huelva.
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